Cómo viticultores, la familia Figuero, formaba parte de la historia de la D.O. Ribera del Duero antes de iniciar su camino cómo bodega, en las manos de José María García y Milagros Figuero. Cuidando el viñedo y apostando por un estilo de vida reflejo de su día a día: Tres generaciones trabajando unidas para que sus vinos acompañen, respeten y perpetúen su legado.
“Crecer merendando pan con vino y azúcar no es casualidad: es herencia”. Con esta frase Antonio G.ª Figuero, hijo menor del matrimonio, hoy al frente de la bodega junto a sus hermanos, echa la vista atrás, a su infancia y posterior juventud, siempre ligada a la vid.
La pasión, se hereda: Mi padre puso el sueño, nosotros lo hicimos realidad.
“En casa, conocíamos el sueño de mi padre. Elaborar su propio vino. Lo veíamos sobre todo cuando descorchábamos botellas de las bodegas a las que le vendíamos la uva. Por eso, cuando un día nos dijo: -He visto donde construir la bodega-, todos estábamos dispuestos a apoyarle” .
La historia de esta familia burgalesa es un relato de constancia, pasión y saber hacer. Un compromiso firme con su tierra y con la variedad tinto fino de La Horra, que José María García ha cuidado a mimo. Durante más de cuarenta años fue proveedor de grandes bodegas de esta D.O., y con sus uvas se elaboraron varios de los vinos más emblemáticos de la región.
“Aún recuerdo el día que decidimos visitar un estudio de ingeniería en Burgos, había nevado y nuestro coche patinó en la carretera. En ese momento mi padre y yo por un segundo dudamos si volver a casa, pero entonces nos miramos y dijimos, vamos a por ello, este es nuestro sueño”. Ese día la ilusión que siempre había sido compartida en casa, en tantas sobremesas y vendimias empezó a tomar forma.
En el año 2001, a los 65 años, José María, junto con Milagros y sus hijos, fundan la Bodega Figuero. “Mi padre es una persona muy generosa. Él hubiese querido crear su bodega 40 años antes, pero antepuso nuestra educación a su sueño. Quería que sus tres hijos fuesen a la universidad, consciente del duro trabajo que supone la viña.”
Quizá este sea el momento de preguntarse si la pasión se hereda. Si ese impulso viaja innato de padres a hijos. Tal vez sí. Pero lo indiscutible es que el cariño y el respeto por la viña se aprenden, se transmite con el ejemplo. Y así, entre generaciones, las vides dejan de ser solo un oficio para convertirse en una forma de vida. “Durante las vacaciones ayudábamos a mi padre en el campo. Primero con tareas sencillas cómo sarmentar a mano o recoger los sarmientos después de la poda, siempre con manga larga para no arañarte los brazos. Más adelante, azufrar, para lo que teníamos que levantarnos muy temprano y llevar gafas de sol para protegernos los ojos. Y, por último, ayudar con el tractor. Mi padre y mis hermanos me enseñaban y yo les seguía.”
Claramente Antonio aprendió desde muy joven a interpretar la viña. Sin embargo, decidió iniciar su trayectoria profesional como ingeniero. En 2001, cuando la bodega comenzaba su andadura, compaginaba su trabajo, su tiempo libre e incluso sus vacaciones con el proyecto familiar. “Mi padre no quiso que dejásemos nuestros trabajos. Los inicios de toda empresa son inciertos y cada hijo ayudábamos cómo podíamos”.
Emprender es aceptar que no existe el momento perfecto, ni el conocimiento absoluto, pero tenían los ingredientes perfectos para el éxito; buen viñedo en un entorno privilegiado, la convicción de que la materia prima daría un buen resultado, ilusión y un equipo formado. Uno de los grandes valores en Figuero es la fidelidad, gran parte del equipo humano con quien empezaron continúa involucrado en la empresa.
“A mi padre nunca le han servido las medias tintas, había que hacerlo bien. Cómo él dice: el buen paño en el arca se vende” .

El trabajo empezó a dar frutos, y aunque en una bodega el retorno de la inversión es mucho más lento, les movía algo único. Antonio, finalmente, se involucró en la bodega a tiempo completo, aprendiendo gestión, ventas o internacionalización. Todo lo necesario para sacar adelante el trabajo. Años recordados con ilusión e incertidumbre, cimientos de la realidad actual.
Este año la bodega celebra su 25 Aniversario, coincidiendo con los 90 años de José María. Padre e hijo siguen luchando y disfrutando del mundo del vino juntos. Brindan con Figuero Viñas Viejas emblema y homenaje al legado que pasa de generación en generación, su viña vieja. Un vino con un estilo moderno y fresco cómo sueña el consumidor actual. El tándem perfecto entre lo que recibes y lo que entregas.
“La mejor parte de mi trabajo son las personas que conozco, los lugares que visito y lo que aprendo cada día. Recibo mucho más de lo que doy y sigo aprendiendo”. Hoy en día, la bodega es reflejo de cómo uniendo la experiencia, el trabajo y el apoyo de tu familia se puede construir un legado perdurable.
En estos años han aprendido que nunca es tarde para cumplir un sueño, si tienes a los compañeros de viaje adecuados y que es una fortuna tener tiempo para disfrutar de lo soñado.
“Gracias papá, por lo que empezaste con mamá. Lo estamos consiguiendo juntos.”

